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El hombre que atrapó a Silicon Valley en su telaraña

Viernes 8 de Enero de 2010, 6:38 am horas

Autor: Redacción BusinessLeone.com

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raj-rajaratnam-2.jpgNUEVA YORK. A Raj Rajaratnam le gustaba contarle a la gente que su nombre significa “rey” en hindi, y que unido a su apellido quiere decir “rey de reyes”.

Rajaratnam narraba la historia con la amplia sonrisa con la que se ganó a una generación de ejecutivos de Silicon Valley. La sonrisa suavizaba la imagen de un jefe que llamaba a sus empleados “idiotas” y que los empujaba a hacer cosas humillantes, como someterse a la descarga eléctrica de una pistola paralizante a cambio de US$5.000.

En una mansión ubicada en una isla artificial en Biscayne Bay, Florida, en febrero de 2007, Rajaratnam parecía determinado a hacerle justicia a su nombre. Corría el fin de semana del Súper Tazón y los ricos y poderosos de Estados Unidos habían descendido al sur de Florida para ver la final del campeonato de fútbol americano entre los Colts de Indianápolis y los Osos de Chicago, pero principalmente para hacer negocios. El de Rajaratnam era un fondo de cobertura, Galleon Group, que lo había convertido en multimillonario. Su negocio dependía de los contactos.

Inversionistas adinerados y ejecutivos se paseaban a sus anchas por la casa que Galleon había alquilado por US$250.000 la semana, en la exclusiva Star Island. Miami Beach brillaba en la oscuridad mientras los hombres bebían, fumaban puros y departían con mujeres hermosas —citas alquiladas, como las llamó un empleado de Galleon— alrededor de una piscina que parecía fundirse con el horizonte.

Sin embargo, la caída de Rajaratnam era inminente. Agentes federales le estaban siguiendo la pista y comenzando a armar el mayor caso de abuso de información privilegiada en una generación. En los 32 meses siguientes, fiscales y reguladores de valores de EE.UU. trabajaron en el caso antes de acusar formalmente en octubre pasado a Rajaratnam y otras 20 personas de beneficiarse de información interna que movía los mercados.

Rajaratnam se ha declarado inocente y está libre bajo fianza.

“A lo largo de su carrera, el señor Rajaratnam ha trabajado sin cesar dentro de las leyes de valores para construir un mosaico de información pública sobre las compañías que sigue”, dijo su abogado John Dowd. “Su investigación detallada y meticulosa de los fundamentos de cada compañía lo distinguieron como un analista y gestor de portafolio excepcional. El señor Rajaratnam es inocente de los cargos que se le imputan y espera el día de su juicio cuando un jurado de ciudadanos examinará y evaluará toda la evidencia”.

Un análisis de The Wall Street Journal de la carrera de Rajaratnam, incluyendo entrevistas con más de 75 ex socios y una revisión de manuscritos de Rajaratnam, proveen el cuadro más claro hasta el momento de cómo, por dos décadas, persuadió a ejecutivos en algunas de las compañías más prominentes de EE.UU. para que le entregaran secretos corporativos, arriesgando así sus carreras.

La investigación de Galleon ya ha comprometido a McKinsey & Co., International Business Machines Corp., Intel Corp. y Advanced Micro Devices Inc. en relación a la filtración de información confidencial que Rajaratnam supuestamente usó para hacer transacciones.

Sus inicios

Rajaratnam inició su carrera como analista justo cuando la moribunda industria de los semiconductores comenzaba a revivir. Encantador y pícaro, estableció contactos en la comunidad de expatriados indios en Silicon Valley, usándolos para conocer a otros ejecutivos. Para principios de los años 90, ejecutivos de la industria tecnológica y compañeros de trabajo de Rajaratnam dicen que él se convirtió en el núcleo de decenas de fuentes que le confiaban información corporativa supuestamente confidencial. A cambio, Rajaratnam a menudo les pasaba datos que escuchaba.

Cuando un empleado del banco de inversión Needham & Co. entró a la recepción de la firma un día en 1985, un joven de saco y corbata saltó de su silla, esbozó una amplia sonrisa y dijo que estaba allí para una entrevista de trabajo. Nada hacía percibir que un día se convertiría en un empresario a cargo de un fondo de cobertura de US$7.000 millones.

Raj Rajaratnam, que trabajó por dos años en Chase Manhattan Bank luego de obtener su M.B.A., era uno del mar de solicitantes que buscaban entrar al naciente banco de inversión. Se decía que Needham se arriesgaría a contratar a inexpertos y marginados siempre y cuando estuvieran dispuestos a trabajar largas horas por un salario bajo.

Alguna vez se le escuchó decir al fundador de la firma, George Needham, lo siguiente: “Contrato hombres con una sola pierna y los exprimo hasta más no poder”. A través de un vocero, declinó comentar para este artículo.

Eran tiempos en que la información corporativa se movía con mayor libertad que hoy en día. Hasta finales de los 90, los ejecutivos solían hablar con mayor libertad con los analistas, libres de las limitaciones que los reguladores impusieron durante la última década. Needham, quien no ha sido acusado de ningún delito, esperaba que sus analistas buscaran información sobre las industrias que cubrían en cualquier parte, en cualquier momento: si está en un avión hable con su vecino, si está en un bar converse con la persona a su costado.

Rajaratnam se destacó en un trabajo que podría haber sido un callejón sin salida: analizar la industria de los chips para computadoras. Asediados por una ola de chips japoneses, los fabricantes estadounidenses estaban con la soga al cuello. Muchos grandes inversionistas habían abandonado el sector y pocos analistas lo cubrían a fondo.

Rajaratnam solía volar de noche desde Nueva York a California, hospedándose en un hotel de Palo Alto que se ajustaba al límite de Needham de US$90 por noche y pasaba sus días con ejecutivos de empresas de semiconductores.

El analista presentaba una cara más afable que sus colegas. Gerald Taylor, un ex director de finanzas de Applied Materials Inc., un fabricante de máquinas que producen chips, consideraba que la mayoría de los analistas eran “prima donnas, estrellitas” mal informadas. Rajaratnam, por su parte, contaba anécdotas de su niñez en Sri Lanka y cómo en su calidad de tamil, su familia tuvo que esquivar balas durante la guerra civil del país.

Las historias agregaban un poco de color a los análisis agudos y la disposición de trabajar de Rajaratnam, lo cual impresionaba a los ejecutivos de las empresas de chips.

“Se ganaba el respeto de todos porque hacía su tarea”, recuerda Taylor, pese a que le daba a Rajaratnam únicamente la misma información que le ofrecía a otros analistas.

A medida que Rajaratnam generaba más negocios para su firma y recibía ofertas de trabajo de bancos más grandes en Wall Street, comenzó a presionar para obtener más poder. Needham lo nombró director de investigación de la firma y en 1991, director general.

Rajaratnam expandió su poder en Needham al fundar en 1992 un fondo de cobertura para invertir en acciones tecnológicas, aprovechando sus diversos contactos en la industria de chips para obtener inversiones. Para principios de 1994, era dueño de 17% de la firma, sólo por debajo de Needham, que poseía 26%, y ese año recibió un sueldo de US$1 millón. También se aseguró de que los nuevos ejecutivos supieran cuál era su posición en la firma. “Aquí, yo soy el jefe”, le dijo a uno en su primera semana de trabajo. “El nombre en la puerta puede ser el de George, pero yo soy el que ejecuta”.

Rajaratnam, meticuloso a la hora de tomar apuntes, mantenía una serie de cuadernos que registraban frecuentes conversaciones con personas en compañías tecnológicas, incluyendo Actel, Atmel y Alliance Semiconductor Inc. Las páginas estaban llenas con el tipo de información que los analistas usualmente no obtienen, el fruto de todas esas visitas a Silicon Valley.

Era el tipo de trabajo que le permitía a Rajaratnam salir de su oficina y anunciarle a su principal corredor, Gary Rosenbach, que tenía “los números” de las ganancias de Intel y AMD antes que éstas fueran anunciadas.

Tapar huecos

Las agresivas tácticas de Rajaratnam hicieron que varias empresas trataran de contener sus fugas de información. Ejecutivos de los fabricantes de chips Cirrus Logic y Silicon Valley Group, los que usaron a Needham para emitir acciones, demostraron cada vez más su frustración ante el acoso de Rajaratnam a sus empleados para obtener información.

A mediados de los años 90, Rajaratnam ofreció a los ejecutivos de Cirrus información exclusiva de otras compañías a cambio de detalles de Cirrus. Asimismo, Rajaratnam trató de extraerle información al entonces presidente ejecutivo de Silicon Valley Group, Papken Der Torossian, al decirle que tenía información sobre pedidos de alguien en una planta de IBM en Vermont. Der Torossian asegura que rechazó la oferta.

Cirrus implementó una nueva política para que sólo tres de sus altos ejecutivos pudieran hablar con Rajaratnam y otros analistas. Los contratos de los empleados fueron reformulados para indicar que aquellos que infringieran la nueva política serían despedidos.

En SVG, Der Torossian regañaba a los empleados que hablaban con Rajaratnam. Sin embargo, dice, mientras otros analistas “trataban de desenterrar información”, Rajaratnam “era particularmente astuto, particularmente bueno y obtenía más datos”.

Entre 1993 y 1996, al menos cinco ejecutivos de Needham le dijeron al fundador que estaban preocupados por la conducta de Rajaratnam, según varias fuentes al tanto. Los clientes de corretaje de Needham se quejaron con los ejecutivos de que Rajaratnam tenía roles potencialmente conflictivos en la firma como director general, gestor de fondos y, a veces, analista de acciones. Normalmente, los bancos de inversión mantienen esas áreas separadas para prevenir que los intereses de los clientes choquen con los de los fondos que dirigen.

Hacia finales de 1996, los temores alimentaron las tensiones entre los ejecutivos y Rajaratnam. Mientras tanto, Rajaratnam, que deseaba expandir su fondo de cobertura más rápido de lo que permitía Needham, había comenzado a recaudar dinero para su propia operación. En noviembre de ese año, Needham le anunció a sus empleados: “Lamento mucho comunicarles que Raj Rajaratnam, mi amigo y socio”, dejará la firma para crear la suya propia, poniendo fin a un frenético período de 11 años en Needham.

Rajaratnam instaló Galleon en una pequeña oficina en Manhattan, a casi una cuadra de su antigua firma. Contrató a varios de sus antiguos colegas, incluyendo a Rosenbach y aprovechó sus contactos en Silicon Valley para obtener inversiones. Aprovechando la ola de inversionistas ansiosos por subirse al tren del boom tecnológico, para fines de 1997 Galleon gestionaba US$800 millones, frente a los US$250 millones que administraba 12 meses antes.

Estableció una cultura más relajada en su firma. Los jueves, los empleados podían anotarse para recibir masajes en la oficina. Sin embargo, el plan era el mismo que en Needham: mirar con lupa los gastos y extraer la mayor información corporativa posible.

Poco después del lanzamiento de Galleon, Intel renovó sus esfuerzos para descubrir si alguien en la compañía estaba filtrando información financiera a Rajaratnam. Instaló cámaras al lado de una máquina de fax en su sede principal en Santa Clara, California. En marzo de 1998, registró a una empleada llamada Roomy Khan enviando notas escritas a mano y documentos marcados como “Confidencial Intel” a Rajaratnam. En los documentos se encontraban cifras sobre pedidos de chips de Intel por parte de varias decenas de fabricantes de computadoras y los precios de venta de esos chips. Combinando esos datos se podía calcular los ingresos de Intel para ese trimestre.

Khan salió de Intel poco después y la compañía la reportó a las autoridades. Pronto, encontraría un nuevo empleo, en Galleon. Khan dejó el fondo luego de un año y en 2001 se declaró culpable de tráfico de información privilegiada. Aceptó cooperar en una investigación contra Rajaratnam y cumplió seis meses de arresto domiciliario. Aun así, los fiscales abandonaron la investigación al no poder probar que Rajaratnam usó la información para llevar a cabo transacciones.

Galleon leva anclas

Todos los días en Galleon comenzaban con una reunión por la mañana. Los corredores y analistas se apresuraban por llegar a la sala de conferencias antes de la hora de inicio: 8:35. Obsesionado con la puntualidad, Rajaratnam a veces multaba a los que llegaban tarde con US$25.

Rodeado por sus empleados, Rajaratnam comenzaba la reunión pidiendo un resumen de los eventos más significativos del día o la semana: anuncios de ganancias, el lanzamiento de un nuevo producto o cualquier otra cosa que pudiera mover las acciones. Rajaratnam los interrogaba en profundidad, lo que muchas veces obligaba a los analistas a revisar rápidamente documentos para encontrar una cifra concreta como un margen bruto o el precio de una línea de productos.

A menudo se molestaba si un analista no podía decir con confianza si una acción subiría o bajaría. Rajaratnam siempre quería la “visión variante”, su mantra para una opinión sobre una acción que era diferente de la del resto de Wall Street. “Si el mercado se alinea con su visión variante, haremos dinero”, solía decir.

En Galleon, Rajaratnam llevó su gusto por las bromas y retos a un nuevo nivel. Cuando ejecutivos del fabricante de pistolas paralizantes Taser International Inc. fueron en 2005 a hacer una presentación en busca de inversión, Rajaratnam ofreció US$5.000 a la persona que accediera a ser electrocutada. Los empleados se aglomeraron para ver cómo, mientras dos personas sostenían a la corredora Keryn Limmer de los codos, otra le disparaba con la pistola. Las piernas de Limmer temblaron y cedieron bajo su peso por cuenta de la descarga. Limmer no quiso hacer comentarios.

Cuando celebró la fiesta del Súper tazón, en 2007, Galleon y Rajaratnam parecían estar en la cima del mundo. Con casi US$7.000 millones bajo su gestión, la firma se mudó a una oficina más grande en Manhattan, se expandió a Asia y abrió un nuevo fondo con sede en California. Los empleados estaban convencidos de que la firma pronto saldría a bolsa.

No obstante, no todo era color de rosa. Rajaratnam estaba cooperando con una investigación de la Comisión de Bolsa y Valores de EE.UU. contra Sedna, el ahora desaparecido fondo de su hermano menor Rengan. No se han levantado cargos en esa investigación y los abogados de Rengan Rajaratnam se abstuvieron de hacer comentarios.

Raj Rajaratnam respondió a preguntas y suministró resmas de documentos relacionados a Sedna que incrementaron las sospechas de los investigadores sobre Galleon.

El cerco y captura de Raj Rajaratnam

Andrew Michaelson estaba sepultado bajo millones de hojas de papel. Montaña tras montaña de archivos de Galleon Group lo rodeaban en una sobria oficina gubernamental. Michaelson, un abogado de la Comisión de Bolsa y Valores de Estados Unidos (SEC) había estado revisando los documentos desde que fueron sacados de la oficina principal del fondo de cobertura meses atrás. El multimillonario fundador de Galleon, Raj Rajaratnam, se los había entregado voluntariamente a principios de 2007 en cooperación con una investigación que la SEC adelantaba sobre su hermano menor, la cual no ha generado acusaciones formales.

En cambio, cuando el equipo de Michaelson encontró la aguja en el pajar de documentos —un sencillo mensaje de texto—, este los dirigió hacia el propio Raj Rajaratnam. La persona que envió el mensaje le pedía que no compara acciones de la firma de videoconferencias Polycom Inc. “hasta que reciba orientación; quiero estar segura de que la orientación está bien”.

El enigmático mensaje fue enviado por Roomy Khan, una ex empleada de Intel Corp. de quien las autoridades sospechaban que había enviado información privilegiada a Rajaratnam en el pasado. Fuentes al tanto dicen que esas escasas palabras escondidas entre millones de otras se convirtieron en el punto de giro de lo que sería el mayor caso de uso indebido de información privilegiada en veinte años.

En noviembre de 2007, los investigadores le mostraron a Khan el mensaje de texto y esta accedió a cooperar y grabar sus llamadas con el magnate de fondos de cobertura. Tales grabaciones dieron paso a una interceptación del teléfono de Rajaratnam y, según los fiscales, allí es donde empezó a delinearse una serie de tramas de múltiples grupos que negociaban con información privilegiada. Como piezas de un dominó que van cayendo, un inversionista sospechoso de negociar con información privilegiada condujo a otro, cada uno con su propia red de fuentes. Algunas se solapaban, otras se deslindaban entre órbitas separadas con participantes sin nexos a las demás tramas.

“Hay motivos para temer que existe una cultura, no sólo en los fondos de cobertura sino también en las grandes firmas del sector financiero, que no tiene ningún problema con intercambiar de manera informal material que no es público”, dijo Preet Bharara, fiscal de Manhattan, que rehusó hablar específicamente sobre el caso Galleon.

Durante dos años y medio, un grupo de agentes federales y fiscales presionaron a testigos para traicionar a sus amigos, grabaron miles de llamadas telefónicas y revisaron pilas ingentes de documentos. Entonces, en octubre, arrestaron a Rajaratnam. Poco después, 20 personas más también fueron acusadas.

Rajaratnam, de 52 años, se ha declarado inocente y está libre bajo fianza. “A lo largo de su carrera, Rajaratnam ha trabajado de manera incansable y según lo permitido por las leyes de valores para construir un mosaico de información pública sobre las compañías a las que sigue”, declaró John Dowd, su abogado. “Rajaratnam es inocente de los cargos que se le imputan y espera su juicio para que un jurado de conciudadanos pueda examinar y evaluar todas las pruebas”.

Las acusaciones de uso indebido de información privilegiada son notoriamente difíciles de probar. Eso se debe a que Wall Street está lleno de información y todo inversionista astuto trata de ser el primero en hacerse con los detalles importantes. Para conseguir una declaración de culpabilidad, los fiscales tienen que convencer a un jurado de que alguien negoció usando información que sabía que no sólo era confidencial sino también lo suficientemente importante como para afectar los precios de las acciones de una compañía.

Un análisis de documentos llevado a cabo por The Wall Street Journal, basado en casi 1.000 páginas de documentos de la corte y decenas de entrevistas con abogados, corredores y demás personas involucradas, muestra por primera vez cómo los fiscales construyeron un caso que ha marcado un hito generacional y ha silenciado el parloteo fácil en el mundo cerrado de los fondos de cobertura y cómo ha alcanzado las filas de algunas de las mayores compañías de Estados Unidos.

Amigos jóvenes

En julio de 2007, los reguladores notaron negociaciones sospechosas de acciones de Hilton Hotels Corp. y luego de Google Inc. Fiscales en la oficina del Fiscal Federal hallaron un denominador común: Roomy Khan, una consultora de fondos de cobertura de 51 años.

Khan usó un grupo de familiares y amigos para hacerse amiga de gente joven que tenía acceso a información sensible sobre firmas tecnológicas, según fuentes al tanto. Una de ellos era Deep Shah, un analista de Moody’s Investors Service Inc. Khan lo conoció a través de su sobrino cuando ambos estudiaban en la Universidad de Wittenberg en Ohio. Mientras Shah iniciaba su carrera, Khan le asesoraba sobre bienes raíces, inversiones tecnológicas y el mercado bursátil de la India.

Los fiscales creen que Shah informó a su amigo del acuerdo de Blackstone Group para comprar Hilton. El 3 de julio, un día antes de que fuera anunciado el acuerdo, dice el gobierno, Shah le dijo a Khan que Blackstone pagaría US$47,50 por cada acción de la cadena hotelera. Khan compró acciones de Hilton, dice el gobierno, y acordó pagarle a Shah US$10.000 por la información.

Shah, de 27 años, afronta cargos de conspiración y rehusó realizar comentarios al tratar de hablar con él.

Menos de dos semanas después del anuncio de Hilton, dicen los fiscales, otro de los protegidos de Khan le proporcionó información aún más lucrativa.

Khan conoció a Shammara Hussain en una conferencia de tecnología en 2007, según fuentes al tanto. Khan le dijo que conocía a un familiar suyo; Hussain, que trabajaba en un fondo de cobertura, quedó impresionada por cuánta gente Khan parecía conocer en la reunión. Khan empezó pronto a ofrecerle a su joven amiga consejos sobre cómo vestir y le dio un teléfono con accesorios como regalo. Le dijo a Hussain que era como una hija para ella.

En mayo de May 2007, Hussain aceptó un trabajo en una firma de relaciones con los inversionistas de San Francisco que trabajaba con Google. Dos meses más tarde, alega el gobierno, alertó a Khan que Google no iba a cumplir las expectativas de los analistas cuando anunciara sus ganancias del segundo trimestre el 19 de julio.

Hussain, de 23 años, no ha sido acusada. “Creo que Khan tenía planes al hacerse amiga de Shammara que Shammara desconocía, debido a su edad”, dice su abogada, Julia Jayne.

Los fiscales aseguran que Khan dio la información sobre Hilton y Google a Rajaratnam, el cual obtuvo ganancias de US$13 millones gracias a esos datos. Para llegar a Rajaratnam, y al caso general detrás de él, todos los caminos pasaban por Khan.

La informante: Segunda parte

La suya fue una relación larga y complicada. Khan dejó su empleo en Intel, después de que una cámara enfocada en un fax en la sede de la compañía en Santa Clara, California, captó imágenes de ella mandando datos confidenciales de la compañía a Rajaratnam en 1998. Luego trabajó para Rajaratnam por un año. En abril de 2001, acordó declararse culpable de un cargo de fraude electrónico en conexión con el incidente de Intel, y cooperar en la investigación contra Rajaratnam. Khan cumplió seis meses de arresto domiciliario, pero los fiscales abandonaron la investigación al no poder probar que Rajaratnam hizo uso indebido de información privilegiada.

En noviembre de 2007, agentes federales consiguieron convencer a Khan de actuar como informante de nuevo. Lidiar con Khan no fue siempre fácil: los fiscales la advirtieron después de que destruyó un correo electrónico incriminatorio que recibió e informó a Shah y otra persona sobre la investigación, según gente familiarizada con la cuestión. Shah posteriormente se fue a la India.

Khan, que posteriormente se declaró culpable de conspiración, uso de información privilegiada y obstrucción a la justicia en conexión con la negociación de acciones de Polycom, Hilton y Google, acordó grabar llamadas telefónicas entre ella y Rajaratnam. Antes de que Khan le llamara el 14 de enero de 2008, el agente del FBI B.J. Kang le explicó cómo debía interrogar a su viejo amigo.

“¿Qué está pasando con las ganancias esta temporada? ¿Te has enterado de algo sobre Intel? Le preguntó, según una fuente al tanto. Rajaratnam contestó que las ganancias de Intel subirían entre 9% y 10% y que los márgenes de beneficios serían “buenos”, según la persona.

Rajaratnam tenía razón: al día siguiente, Intel reportó un aumento de ganancias de 10,5% para el período y márgenes por encima de la predicción previa de la compañía.

Eso les bastó a los fiscales. Usando pruebas de la llamada sobre Intel y otras grabaciones que realizó Khan, pidieron permiso a un juez federal de Manhattan en marzo para interceptar las llamadas de Rajaratnam.

Poco después de que el juez aprobara la intervención de llamadas, empezó a llegar un alud de nuevas pistas a la sala de fraude electrónico del FBI, ubicada en un rascacielos cercano a Wall Street.

En las primeras semanas, escucharon a Rajiv Goel, de 51 años, un director gerente del grupo de tesorería de Intel, diciéndole a Rajaratnam que pronto se anunciaría un acuerdo para una empresa conjunta de Internet inalámbrico entre Clearwire Corp. y Sprint Nextel Corp., de la que se habían escuchado rumores. Un abogado de Goel, que está acusado de conspiración y uso de información privilegiada, rehusó realizar comentarios. Goel está libre bajo fianza.

El hallazgo de una veta de información

Para julio de 2008, los agentes habían dado con su mayor fuente de información: Danielle Chiesi, una consultora de New Castle Partners, un fondo de cobertura.

Una ex reina de la belleza criada en Binghamton, Nueva York, Chiesi era conocida por sus impecables contactos en la industria tecnológica. En conferencias, se la podía encontrar vestida con camisas escotadas y faldas cortas, hablando con ejecutivos en el bar del hotel.

Su opinión bastaba para cambiar la postura de los inversionistas frente a cualquier acción. Muchos gerentes de fondos de cobertura se mantenían en contacto con ella y una larga lista de otros gerentes deseaba formar parte de ese grupo.

En una conversación pinchada el 19 de agosto, dicen los fiscales, Chiesi y Rajaratnam discutían si el fabricante de semiconductores Advanced Micro Devices Inc. estaba a punto de deslindarse de su negocio de manufactura. Chiesi había trabajado sus fuentes en AMD y en International Business Machines Corp. para enterarse, y temían que podría ser descubierta.

“Si esto se filtra, estoy fuera de juego”, le dijo a Rajaratnam según las notas del gobierno. “…porque… ¿quién conoce IBM?.. ¿y quién está en la cama con AMD? Pon el nombre de Danielle en el tiquete (los corredores llaman a las órdenes para comprar o vender “tiquetes”)

Chiesi, de 44 años, se ha declarado inocente de conspiración y uso de información privilegiada y está libre bajo fianza. Su abogado, Alan Kaufman dice que “vamos a luchar contra esto con vigor”.

A partir de agosto de 2008, el FBI ya no estaba sólo escuchando las llamadas de Rajaratnam: había conseguido suficientes pruebas para intervenir también las llamadas de Chiesi. Poco después, Kang y otra agente del FBI, Diane Wehner, estaban en la sala de fraude electrónico juntando una larga lista de contactos de Chiesi tras escuchar sus frecuentemente picantes llamadas con su red de corredores. Uno de ellos era Steven Fortuna, un corredor de fondos de cobertura de Boston con un fuerte acento de Nueva Inglaterra y propensión a usar sacos al estilo de Bill Cosby.

Cerrando el cerco

En septiembre, los fiscales se empezaron a preocupar de que los detalles de la investigación se estuvieran filtrando a Rajaratnam. Mientras escuchaban una llamada que Fortuna grabó con Chiesi, un agente del FBI se alarmó cuando la escuchó decir que Rajaratnam creía que un ex empleado de Galleon llevaba un micrófono escondido, según fuentes al tanto.

El FBI decidió actuar el 15 de octubre cuando un agente de aduanas les alertó de que Rajaratnam había comprado un billete de avión destino a Londres para el día siguiente.

Justo antes del amanecer, la policía acordonó parte de la lujosa calle Sutton Place, cerca del East River en Manhattan. Autos de la policía, tanto oficiales como encubiertos, se apostaron en la calle en frente al edificio donde Rajaratnam y su familia vivían en un dúplex. A las 6 de la mañana, agentes del FBI con chaquetas impermeables llamaron a la puerta y anunciaron que tenían una orden de arresto contra él. Tras un registro rápido, lo arrestaron y se lo llevaron del edificio a uno de los autos.

Esa mañana, el día de negociaciones empezó como cualquier otro en las oficinas de Galleon en Madison Avenue. Luego, un inversionista que vivía en el edificio de Rajaratnam llamó para decir que había visto al FBI arrestar a Rajaratnam. Empleados de Galleon empezaron a mandarse mensajes de texto unos a otros con la noticia. Un corredor rompió en llanto.

A mediodía, se reunieron para ver en silencio la televisión en la pantalla plana de 50 pulgadas encima de las mesas de negociación. Rajaratnam, en jeans, una chaqueta azul sobre un jersey verde y una camisa de cuello abierto, era llevado a la corte por Kang y otros agentes del FBI. Poco después se repitió la misma escena con Chiesi y Fortuna.

En cuestión de semanas, Galleon, que otrora gestionaba activos por US$7.000 millones, vendió sus activos. Ningún inversionista perdió dinero. La convulsión generó cierto humor negro y los empleados bromeaban sobre cuánto podrían recaudar vendiendo sus botellas de agua con el logo de Galleon en eBay.

Hace un par de semanas, cuando Rajaratnam y Chiesi se personaron en la corte federal en Manhattan para declararse inocentes, se parecían más a ellos mismos que la mañana de su arresto: él lucía un traje oscuro con una corbata azul y Chiesi, bien peinada, llevaba un elegante traje negro con una capa marrón, botas de taco alto y un sencillo collar de perlas.

Mientras los fiscales se preparaban para la siempre difícil tarea de probar sus acusaciones de uso indebido de información privilegiada, Bharara, el fiscal federal de Manhattan, tuvo una advertencia para Wall Street: “Todavía no hemos acabado”.


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